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Parroquia de Pabellón de Guadalupe

"Año del Sínodo y la Misión "

 

REFLEXIÓN DOMINGO XXXIII ORDINARIO CICLO B.

18 de noviembre de 2012

Por el Pbro. Gabriel Artemio Calvillo Velázquez.

 

Este domingo es penúltimo del tiempo ordinario, las lecturas nos invitan a pensar en “los últimos tiempos”. Tanto el texto de Daniel (12, 1-3), como el Evangelio de Marcos (13, 32 ss. ), de carácter  apocalíptico, nos aseguran el fin como un hecho seguro, que se coloca en un tiempo indeterminado: “en aquel tiempo…”,  “Nadie sabe ni el día, ni la hora, sólo el Padre lo sabe” (Cfr. Mc 13, 32), sólo sabemos que sucederá. Y colocan este acontecimiento en un “sentido mesíanico”, es decir, se trata de la venida del Mesías, el Hijo del Hombre. Daniel subraya el carácter definitivo de la consumación de la historia: será el día en que el pueblo sea salvado, los que han muerto, despertarán, y encontrarán su destino definitivo: unos para la vida eterna, otros para la ignominia eterna. “Los que hayan enseñado la justicia, es decir el camino de Dios, brillarán toda la eternidad”. Su definición será mediante un juicio, en el que el Señor dará a cada uno según sus obras en la vida terrena.

 

 

 

Los textos no tienen como finalidad despertar en nosotros el “miedo”, creando un ambiente terrorífico de desastre y tensión cósmica. Sino de “estar alertas”, de “esperanza” y hasta cierto punto de espera gozosa en la venida del “Hijo del Hombre”.  El Evangelio nos invita a fijar la mirada en las realidades últimas y nos plantea la venida de Cristo como algo cercano: “Sabed queÉl está cerca”, para reunir a los fieles que le han permanecido fieles. Con esta seguridad nos insiste que “El tiempo es corto y la apariencia de este mundo pasa”, pero sus palabras “no pasarán”. Creo que esta es una actitud que debemos tener los cristianos: No pensar que el tiempo que tenemos es muy largo, no creer que nunca llegará el momento de nuestro encuentro definitivo con Dios, es decir, vivir nuestra vida teniendo muestra mirada puesta en la vida eterna. Nuestra meta definitiva.

 

Dicen los especialistas que al hablar en este texto “acerca del día y la hora” y decir que nadie lo conoce, sino sólo el Padre; naturalmente se puede decir que el Señor lo conocía, como Dios que era, y en cuanto hombre podía saberlo, pero no tenía la misión de revelarlo o bien no lo sabía, por cuanto estaba sujeto a las limitaciones propias de los hombres y en ese caso también en cuanto al conocimiento de algo que sólo compete a Dios. Dice San Efrén: “Jesús ocultó ese dato para que estemos vigilantes y cada uno de nosotros piense para que acontecimiento sucederá durante su vida”.

 

 

 

En un tiempo en el que la preocupación es el “hoy”, “lo inmediato”, cuesta plantearse la posibilidad del más allá. Parece que el mundo de hoy quiere al mismo tiempo ofrecer soluciones inmediatas, recetas para la felicidad “aquí y ahora”. Las cuestiones de la vida eterna, parecen muy lejanas, no hay tiempo para preocuparse, el hombre de hoy “no quiere perderse nada”, “vale todo”, “hay que sacarle jugo a la vida”. No parece provechosa la proyección hacia aquella vida futura, sino a la presente. Parece decirse el hombre para sí: “De aquella otra vida nada sabemos y nada es seguro. Por eso tomemos lo seguro, lo que está aquí. Pecado será dejarlo escapar”. En una sociedad marcada por el consumo, por el gusto por lo sensible y placentero hay poco espacio para proyecciones a largo plazo. Más aún el más allá se presenta como negativo, como algo que no queremos, porque ¿para qué pensar en eso, si tenemos el “más acá”?

Las tribulaciones que pasamos en este mundo, no son aceptadas, el hombre de hoy no está dispuesto a “sufrir pruebas”, bombardeado por todos lados por la idea de lo fácil, del confort, el hombre no está dispuesto a esperar.  Sin embargo, lo que para muchos es “incertidumbre e inseguridad”, para el cristiano será el sentido auténtico de la vida, vivir la vida con la esperanza futura, el deseo confiado de alcanzar lo que el Señor nos promete, sabiendo sin embargo, que se han de pasar pruebas.

La Iglesia sabe que tendrá que pasar estas pruebas antes de entrar en la gloria del Reino. Pero el triunfo no será fruto de un proceso histórico, sino a través de su última Pascua en la que seguirá a su Señor en su muerte y su Resurrección. “la victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal, tomará la forma de juicio, después de la última sacudida cósmica de este mundo que pasa” (Cfr. CatIC 677).

La Iglesia basada en la revelación y en el hecho de la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, cree que al final vendrá la resurrección de los muertos. Pero “antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes” (Cfr. CatIC 675). Así nos lo dice el Catecismo de la Iglesia Católica. ¿No nos sugiere esto mismo el Evangelio: que debemos enseñarnos a leer los signos de los tiempos, como hace Jesús en la comparación que hace de la higuera? El creyente deberá ser un experto escrutador de los signos de los tiempos, que sepa leer los “kairos” del Señor. 

 

                                                 

 

Finalmente debemos estar seguros que ciertamente habrá un juicio final y definitivo, que “revelará hasta sus últimas consecuencias lo que cada uno haya hecho de bien o haya dejado de hacer durante su vida terrena” (CatIC  1041). Y que al final se consumará todo.

¿Qué actitud debemos de tener frente a la posibilidad del fin de nuestra vida o de la posibilidad del “fin de los tiempos”?

¿Es adecuado que un cristiano que tiene fe y esperanza en la resurrección de los muertos, tenga miedo del fin de los tiempos?

¿Cómo podríamos vivir con mayor esperanza nuestra vida, con confianza y sin angustia; por la venida del Hijo del Hombre?

Que María Santísima, madre de la esperanza, que ha experimentado ya la Pascua de nuestro Señor en su propia carne glorificada, aliente nuestra vida cristiana con su ejemplo e intercesión.

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